Festival de nuevas lenguas

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Los discípulos tenían el mandato de parte de Jesús de ir al mundo y predicar (hablar) el evangelio, pero la instrucción de Jesús incluía una cláusula: No hagan nada todavía, esperen hasta ser investidos del poder de lo alto.

Cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, estos empezaron a hablar nuevas lenguas, pero las lenguas que hablaban eran lenguas humanas, idiomas conocidos por los visitantes que habían llegado a Jerusalén de muchas naciones de la Tierra para celebrar la fiesta del Pentecostés.

Las lenguas que hablaron no eran angelicales, no requerían interpretación, la gente las entendía perfectamente.

Todos hemos experimentado la frustración de no ser entendidos por alguien que no habla nuestro lenguaje, pero la misma frustración toma lugar aún cuando la gente habla nuestro lenguaje, pero las palabras que usamos tienen una asociación distinta para ellos.

Las palabras que hablamos están cargadas de cultura y significado.

Sin duda, para un judío que sobrevivió los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, las palabras sed y hambre, campamento y vagón tienen un significado siniestro, distinto al que le adjuntamos la mayoría de las personas.

El significado de las palabras no se deriva de las palabras solas, sino de la experiencia, asociación e intención que las palabras conllevan.

Creo que esa es la razón por la que Ludwig Wittgenstein dijo “Si un león pudiera hablar no le entenderíamos”.

Vivimos en una época donde las palabras que tradicionalmente usamos para comunicar el evangelio, no tienen la misma efectividad. De hecho, algunas palabras se han convertido en un obstáculo para comunicar el mensaje del evangelio.

Hay palabras que se pervirtieron porque fueron secuestradas por sectores extremistas de la iglesia, palabras que en su momento eran bellas pero ya no comunican el sentido original. Estas palabras necesitan ser rehabilitadas para volverse a usar.

Cuando estamos comunicando el evangelio debemos preguntarnos si nuestros interlocutores le adjuntan el mismo significado que nosotros a las palabras que estamos usando.

A veces las palabras que algunos cristianos utilizan necesitan el “don de interpretación”.

Paul Tillich dijo que las grandes palabras: Fe, esperanza, gracia, pecado y salvación se trivializan y se degradan tanto que a veces necesitamos dejar de usarlas por una generación.

Para poder recuperar el sentido de las palabras necesitamos un ayuno de palabras, necesitamos guardar silencio.

Debemos entender que las palabras son un medio, no un fin, y si el fin no se está logrando, debemos re-evaluar las palabras que usamos.

Con el tiempo las palabras cambian, se renuevan, se rechazan, incluyendo las palabras de la Biblia.

Por ejemplo, la versión de la Biblia Reina Valera fue publicada en el año 1602. Desde entonces ha tenido varias revisiones, 1862, 1909, 1950, 1960, 1977, 1995. Se le han hecho más de 100,000 cambios de ortografía y más de 60,000 cambios de vocabulario, y se le seguirán haciendo cambios. Algunos recordarán cómo en la Biblia la palabra caridad fue cambiada por la palabra amor. Eso se debió a que la palabra caridad se pervirtió y vino a significar limosna más que amor.

El diccionario de la Real Academia constantemente está eliminando palabras e incluyendo palabras nuevas.

Debemos re-evaluar palabras de nuestro vocabulario cristiano y darnos cuenta si significan los mismo para los demás.

El punto de partida para comunicar el evangelio no debe ser el lugar donde nos encontramos nosotros, sino el lugar donde se encuentra la persona con la que estoy hablando.

Creo que como los primeros cristianos, necesitamos recluirnos, guardar silencio y esperar ser “bautizados” de nuevo con un lenguaje que se entienda.

Necesitamos dejar de hablar con palabras y hablar con hechos, pero sufrimos de verborrea. El cristiano promedio quiere meter un versículo bíblico en cualquier espacio en la conversación.

Hay una sobredosis de consejos bíblicos en las redes sociales. Si guardara un peso por cada consejo que los cristianos me tratan de dar a través de las redes sociales, sería multimillonario.

Nuestra cultura occidental y los evangélicos han acribillado el silencio. En una ocasión durante un concierto tuve que interrumpir el programa para hablar con aquellos que querían llenar cualquier espacio que yo dejaba entre canciones, con gritos como:  “¿Quién vive?” “¿Y a su nombre?” Les expliqué que había personas reflexionando después de haber escuchado una canción o alguna frase, y que al estar gritando interrumpían lo que ese momento estaba produciendo vida en las personas. Muchos entendieron y aplaudieron mi gesto, otros se quejaron en las redes sociales acerca de mi falta de espiritualidad.

¿Qué pasaría si por un tiempo pusiéramos nuestro lenguaje cristiano en ayuno?

Tal vez provocaríamos una renovación. Tal vez el resultado sería una comunicación más evocativa, más compasiva y poética. Tal vez nos llegaríamos a parecer más a Jesús compartiendo a través de historias y despertando el hambre en el corazón de las personas…

Si dejáramos de hablar, tal vez la gente dejaría de escuchar nuestros consejos como algo disonante, como címbalo que retiñe y empezarían a escuchar el mensaje.

Propongo que el silencio es necesario para que la iglesia recupere la voz y la influencia que ha perdido.

A manera de ejercicio: ¿Cuáles palabras crees que necesitan descanso?